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El grito resuena: “¡Vivimos una crisis de valores!” como si el mundo hubiera extraviado su brújula moral. Pero quizás no se trate de una crisis, sino de una transición generacional del sentido.
Cada generación nace con objetivos distintos y responde a lo que le toca vivir, a lo que hereda y a lo que anhela. Lo que para una fue conquista, para la siguiente es punto de partida. Lo que una defendió como lucha, la otra lo asume como derecho adquirido. Sin embargo, cada época tiende a juzgar a la otra desde sus propios parámetros, convencida de tener la razón. Es el viejo sesgo de confirmación: los mayores ven decadencia donde los jóvenes ven evolución; los jóvenes ven obsolescencia donde los mayores ven valores.
Los valores, como las brújulas, no cambian de polo: cambian de portador. Y con ello, cambian de matiz. Los hijos de quienes pelearon por la libertad la dan por sentada. Los nietos de quienes fundaron instituciones desconfían de ellas. Los bisnietos de quienes soñaron con progreso buscan sentido. Así, las prioridades humanas se desplazan: de la supervivencia a la comodidad, de la comodidad al éxito, del éxito al propósito.
Los valores no se pierden: se redibujan según lo que cada generación necesita para darle sentido a su existencia. Para algunos, la línea de vida es el trabajo; para otros, la libertad, la autenticidad o la justicia emocional. La brújula moral no desaparece: cambia de dirección.
Tal vez lo que llamamos “crisis de valores” sea en realidad un síntoma de evolución moral colectiva: el paso del valor impuesto al valor elegido; del deber al sentido; del deber ser al ser consciente.
Si existe una crisis, no es de valores, sino de coherencia y comprensión. Estamos dejando atrás la moral de obediencia y entrando en la era de la coherencia: una moral sin manual, pero con conciencia.
No estamos perdiendo valores: estamos aprendiendo a encarnarlos. Y ese proceso, aunque duela, es un signo de madurez humana.
Quizá el mayor desafío no sea juzgar, sino acompañar a las generaciones siguientes en su aprendizaje de libertad, autocrítica y conciencia social. Tal vez, simplemente, se trate de escuchar el canto de la experiencia… de dejar que el sentido y el valor encuentre su nueva forma… y ser humanos en proceso.
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