Salud
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En días recientes vi en mis redes sociales varios mensajes de conocidos míos solicitando ayuda para una persona que estaba en el hospital, en estado grave, y que no contaba con seguro. Se estaba organizando una especie de colecta o crowdfunding para cubrir los gastos médicos —que en un hospital nunca son certeros y siguen corriendo a pasos agigantados hasta que el paciente es dado de alta—. Curiosamente, yo conocía a esta persona, aunque hacía muchos años que no la veía. Fue compañero mío del colegio hace ya bastante tiempo, pero aquella casualidad me llevó nuevamente a reflexionar un tema que, de vez en cuando y detonado por este tipo de colectas, me hace pensar: la grave falta de -cultura para adquirir -seguros -médicos.
Yo no puedo hablar en concreto del caso de esta persona que hoy está en una situación crítica, pero, basado en ciertos hechos, puedo dar una vaga interpretación. En su momento estudió en uno de los mejores colegios de mi ciudad, razón por la cual se entiende que, por lo menos, venía de un entorno socioeconómico acomodado. Lo que pasó con él después, en realidad lo ignoro, pero quisiera creer que siguió manteniendo un buen nivel de vida. Además, creo que es soltero, lo que me obliga a preguntarme: ¿Por qué no estaba asegurado?
En estos últimos años he visto muchos casos similares, personas que me consta viven muy bien —porque lo sé, porque lo vi o porque nos lo recuerdan continuamente en el mundo virtual— al exhibir viajes, restaurantes, relojes y la nueva camioneta o descapotable, pero resulta que las obligaciones más básicas no están cubiertas, esas que solo se exhiben cuando el huracán toca tierra.
Razones puede haber muchas, pero la más importante es que en este país, desafortunadamente, no hay una materia de educación financiera en los colegios donde se nos inculque el hábito del ahorro y sus beneficios, el arte de invertir ese excedente y sus riesgos, y la imperativa necesidad de echar mano de ese guardadito para adquirir seguros que nos den paz y tranquilidad. Porque si algo es seguro, es que la vida siempre se sale del guion, y el problema
es que nunca avisa cuándo.
A nadie en su sano juicio le gusta pagar un seguro, pero quien lo entiende sabe que es un gasto que se desembolsa para no usarse. En verdad, es una gran irresponsabilidad que quien tenga los recursos económicos piense que está en un casino y decida que se la va a jugar, apostando su patrimonio a la suerte. Ya todos conocen el famoso dicho: “nunca pasa, hasta que sucede”. Y reafirmo: sucede.
¿Y qué pasa cuando de pronto hay un accidente, una enfermedad o una operación? Pues lo que ya todos sabemos: el presupuesto es impagable, y entonces hay que ver de dónde sacar el dinero —haciendo rifas, pidiéndole caridad a todo el mundo y, tristemente, poniendo en venta activos fruto del trabajo de toda una vida—. Pero eso sí: ¿qué tal el viaje de esquí en Semana Santa? ¿O la nueva camioneta para la señora?
Aquí van datos duros:
En México, solo alrededor del 8 % de la población cuenta con un seguro médico privado, en un país de casi 130 millones de habitantes. Eso equivale a unos 10 millones de personas protegidas frente a más de 118 millones que están expuestas a que un imprevisto médico las lleve a la quiebra. Se calcula que a raíz de la pandemia de COVID-19 se perdieron miles de pólizas: muchísimas familias dejaron de renovar su seguro por el incremento de los costos y la incertidumbre económica.
Y el dato más alarmante: miles de casas habitación se pierden cada año en México porque las familias deben venderlas para solventar los pagos de hospitales privados. Es decir, la enfermedad no solo enferma el cuerpo, también puede desmantelar el patrimonio.
Obviamente, yo también -detesto pagar mis seguros —-cargo con tres adicionales al mío—, y en ya más de veinticinco años desde que me responsabilicé de esa carga, su uso ha sido mínimo, por no decir nulo. Sin embargo, cada año, cuando hago mi presupuesto, primero pongo en primer lugar mis obligaciones (seguros, prediales, colegiaturas, mantenimiento, etc.) y hasta el final lo destinado a la recreación o al esparcimiento: todo aquello que no es necesario, pero para lo que también se trabaja.

Ojo, esto no es un regaño, pero sí un texto para abrir conciencia.
Un accidente o un caso fortuito te puede cambiar la vida y la de los que te rodean. Un seguro no evita la desgracia, pero sí cambia enormemente cómo se vive esa desgracia. Y, sobre todo, protege tu patrimonio y el de tus hijos.
Si nunca te has asegurado, hazlo ya. Entre más te tardes, más cara será la póliza, porque las primas aumentan con la edad y los antecedentes médicos. Hay muchas opciones: investiga y elige las más serias, las que llevan años en el mercado, pero sobre todo búscate un asesor de confianza, alguien que te guíe de la mano, entienda tu perfil y te ayude a pagar lo justo. Generalmente los cobros anuales pueden diferirse a meses sin intereses, lo que da un poco de oxígeno financiero, y además ofrecen cierta deducibilidad fiscal que te devuelve parte de lo invertido.
No eches en saco roto estos consejos.
En México no existe un sistema de salud pública eficiente ni suficiente, y hay cosas con las que no se debe escatimar. El bienestar propio y el de los nuestros es una de ellas. Antes que todo lo demás, hay que encontrar la forma de proteger a quienes más queremos.

