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La mujer ha sido, es y será siempre el ser más emocional, atractivo, apasionante y admirado por los hombres desde los inicios de la humanidad. Representa el amor, la maternidad y la belleza. Es, sin lugar a duda, la creación más exquisita de Dios.
Durante la época del Porfiriato, alrededor del año 1884, apareció en los billetes de México, la efigie de una bella dama, desconocida, de finas facciones, meditabunda con la mirada perdida en el horizonte, piel clara, cabello recatado y los ojos tiernos de las doncellas. Era el retrato del pudor más delicado, el más puro, aunque sorprendido y atrapado sin piedad en un billete. Era una aristocrática mujer, de no más de 20 años.
En aquel antiguo retrato, se le dibujó una diadema de plata, adornada con nopales sobre su peinado, se le colocó un collar de grandes perlas, y sobre el pecho un águila real con alas desplegadas, sujetando fuertemente con ambas garras, una gran serpiente.
Millones de mexicanos se preguntaban quién era aquella dama, cuya imagen era reproducida en absolutamente todos los billetes; y cuando digo todos los billetes, me refiero a todas las denominaciones que existían en aquellos años, ¡billetes de 1, 2, 5, 10, 20, 50, 100, 500 e incluso hasta en el de 1,000 pesos!
Definitivamente no era la heroína de la Independencia, Doña Josefa Ortiz de Domínguez, ni la famosa “Güera” Rodríguez, que tantas pasiones despertó entre políticos e intelectuales de la época. Por supuesto, tampoco era la famosa “Malinche”, pues no gozaba de buena imagen entre los mexicanos nacionalistas. No parecía ninguna mujer mítica, de las que tanto le gustaban a los griegos y a los romanos.

Luego entonces, ¿quién era aquella bella y a la vez misteriosa dama?
La verdadera historia llegó a convertirse en una leyenda, pues nadie atinaba a ciencia cierta quién era esa hermosa mujer.
En los altos círculos políticos y económicos, cercanos al general Don Porfirio Díaz, corría un rumor, que en las siguientes décadas sería confirmado como historia verídica por expertos numismáticos.
La romántica historia fue la siguiente.
Corría el año de 1885, cuando el señor Antonio Mier y Celis, miembro cercano del gabinete de Don Porfirio Díaz, conoció a una dama, quien radicaba en la ciudad de México, pero que viajaba mucho a Puebla y Xalapa, pues se dedicaba al negocio de los bienes raíces. Además de hermosa, era lo suficientemente rica para atraer a muchos enamorados de la élite poderosa y elegante del país.
El señor Mier y Celis quedó perdidamente enamorado desde el día en que la conoció. Materialmente enloqueció, y se propuso enamorarla a cualquier costo.
Muchas guapas señoras caían rendidas a sus pies, por la galantería y los lujosos regalos que les brindaba. Sin embargo, esta dama era muy difícil de conquistar.
Años después se supo que la mujer era originaria de la ciudad de Puebla, donde su familia presidía la sucursal del Banco Nacional de México, y poseía una multitud de predios urbanos y rurales que había comprado gracias a las ganancias de una casa de comercio de la capital de Veracruz, así como las enormes utilidades de fábricas textiles, molinos de trigo, haciendas e ingenios.
Su padre, recién fallecido, y quien en vida fue, “desvergonzadamente rico”, según chismes de aquella época, le había heredado una cuantiosa fortuna; y sólo por dar una idea de su riqueza, entre sus bienes tenía:
La Hacienda de la Sabana y el rancho de Tlayehualco en Atlixco, y la casa número 11, de la calle de la Calceta, en la ciudad de Puebla. Aquellas fincas, con sus existencias, aguas, semillas, valuadas por la cantidad de 50,000 pesos; que a precios actuales, serían como 50 millones de pesos.
La casa paterna de esta bella joven estaba ubicada en la ciudad de México, en la Calle de la Cadena número 6, y precisamente colindaba, barda con barda, con la casa del general Don Porfirio Diaz. Para el señor Don Antonio Mier y Celis toda esta alcurnia de la hermosa mujer la hacía mucho más deseable.
Después de cortejarla durante varios meses, finalmente se atrevió a declararle su amor, y como muestra, le pidió un retrato. En aquellos días dar una fotografía, y sobre todo dedicada, era símbolo de reciprocidad en el amor, por lo cual casi significaba dar el alma sin ninguna cortapisa. La dama, en una forma por demás cortés y elegante, desairó a tan importante personaje.
Resulta que, por aquellos meses, nuestra dama misteriosa era cortejada por un famoso hombre de la época, Don Luis Vizcarra, Marqués de Pánuco, cuyo título nobiliario fue concedido en 1772.
Este título, fue de los pocos que se concedieron a mexicanos. Fuertes razones tenía la dama en desairar al señor Mier y Celis, quien no cesaba en su empresa.
Cuando se percató que sería casi imposible aquel idílico amor tuvo un arriesgado plan: obtener subrepticiamente una foto de su amada. Siendo hombre de considerable poder político y económico, no tuvo problema en sobornar a la dama de compañía de la bella mujer, y fue capaz de obtener tan preciado tesoro: la foto de su amada.
Existen dos leyendas de lo que sucedió después. Antes que nada, se valió de sus influencias, pues era uno de los hombres más ricos del país, quien además fue el fundador del Banco Nacional de México, precisamente el día 2 de junio de 1884.
Entonces puso a trabajar la maquinaria de sus influencias, y ordenó después, obviamente sin el permiso de la bella dama, hacer las placas de metal a partir de ese retrato. En aquel entonces la calidad de los billetes era tan alta como la de los mejores del mundo, pues eran impresos en las placas de metal de la American Bank Note Company, cuyos talleres habrían de fabricar en los años por venir, y hasta el año 1970 del siglo pasado, las placas grabadas en acero de todo el dinero de papel moneda que tuvo validez en México.
La primera leyenda, es que una vez que el señor Mier y Celis logró su cometido, pero sin -lograr enamorar a su amada, sin más, se quitó la vida.
Algunos dicen, y aseguran que fue por despecho, que al estar tan enamorado y no haber logrado la reciprocidad del amor de la bella dama, decidió imprimirla en todos los billetes de México, incluso en más denominaciones de los billetes en que aparecía el famoso indio zapoteco Benito Juárez. El señor Mier y Celis -murió por el gran amor que profesaba a la hermosa mujer, y verdaderamente la quiso inmortalizar para -siempre.
La segunda leyenda fue, que al no lograr hacer suya a su amor platónico, decidió que si él no la podía tener, estaría en los bolsillos de millones de mexicanos, para demostrar su desprecio por aquella dama, oriunda de la ciudad de Puebla.
El nombre de la dama misteriosa era: Manuela García Teruel Manso, casualmente, mi tía bisabuela y hermana de mi bisabuelo, Manuel García Teruel Manso.
El misterio y la leyenda parecían no tener fin. Años después de haber contraído nupcias con don Luis Vizcarra, Marqués de Pánuco, Doña Manuela tuvo una hija: Luz Vizcarra García Teruel.
Los marqueses de Pánuco vienen de los vizcondes de la casa de Vizcarra. Fueron de los pocos títulos nobiliarios que otorgaron los virreyes a mexicanos. Al primer marqués, le dieron el título el 11 de febrero de 1772. Luis Vizcarra fue originario de Guadalajara.
Manuela García Teruel cargó a lo largo de su vida el precio de una fama que no pidió, pues sin desearlo, apareció impresa en todos y cada uno de los billetes del Banco Nacional de México, por muchos años.
A los 44 años de edad, su vida terminó en circunstancias que el tiempo se encargó de cubrir con sombras, dando origen a múltiples versiones y rumores que, con el tiempo, alimentaron su leyenda.
Siempre se rumoró que Manuelita nunca quiso envejecer, ni perder su lozanía y hermosura; así que prefirió morir joven, quedando impresa y buscando la inmortalidad, en todos los billetes de la época Porfiriana de México.
Y tal vez, sin saberlo, la misteriosa dama de los billetes no murió en una tina perfumada… Quedó atrapada para siempre en la memoria de un país que, sin conocerla, la conoció, porque se volvió memoria que se activaba con cada intercambio.
Desde entonces, cada billete que circuló en el México porfiriano llevaba consigo algo más que valor monetario… el rostro de una mujer que nadie conocía del todo, la historia de un amor idealizado y el eco silencioso de una vida convertida en leyenda.
Porque hay rostros que se borran con los años… y otros que el tiempo se empeña en no olvidar.

